Prólogo
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Prólogo

Un comienzo, en todo el mundo

 

    Adrian contempló su obra. El intenso calor trazaba líneas de sudor manando desde cada poro de su cuerpo, pero era tan inmenso y sobrecogedor el hechizo de concentración, que hubiese sido necesario un golpe tremendo para interrumpir su trabajo. Sin embargo se permitió un descanso de cinco minutos y bebió una jarra de agua fría que corría quieta por una canal interior de la Forja. Allí bebían los caballos, se enfriaba el acero y numerosas otras cuestiones se solucionaban con sus aguas, pero a Adrian esto no le importaba. Amaba a los caballos y su aroma, su tibia y quieta compañía en noches heladas. El sabor del acero era otra de las cosas que no le molestaban. Incluso estaba convencido que el trabajo en contacto permanente con el metal le otorgaba sus propiedades de alguna forma.

    Mientras sorbía unos tragos de su rústica jarra de madera, sin los lujos de la cerámica o el vidrio, comenzó a visualizar su obra en perspectiva hacia el futuro. Cuarenta y nueve de las gemas estaban completas, cada una de acuerdo a los modelos aparecidos en sus visiones, bañadas en ámbar, sumergidas en acero y bañadas en plata. Las gemas eran extrañas en apariencia. Un patrón basado en siete lados por siete niveles atravesaba sus intrincadas creaciones, las cuales emanaban una extraña iridiscencia ajena al color del acero plateado del que estaban hechas. Pero el aspecto más extraño de las mismas estaba en las inscripciones. Adrian se ufanaba de su natural habilidad con la gubia, pero en esta obra había algo más. Ni siquiera uno de los finos e intrincados caracteres serpenteantes que había grabado en cada una de las facetas de todas las gemas le eran familiares a Adrian. Sólo había guiado su herramienta por sobre las líneas que se le aparecían entre los pestañeos de su conciencia.

    Adrian se acomodó en su sitial. Era gracioso, ahora que reparaba en las gemas, éstas no parecían de su propia manufactura ni nada fabricado por manos humanas. Le pareció estúpido habiéndolas moldeado él mismo, durante agobiantes semanas, y sin embargo, remitían a creaciones de algo desconocido y lejano, fuera de él mismo, cómo si sólo hubiese seguido un plan superior. Lo mismo se podía decir sobre la estrofa de poesía que había asaltado su mente. No había contexto para esas líneas, eran simplemente unas rimas ingeniosas que su cerebro había imaginado esa mañana:

  

"Y los siete, a los siete rigen,
y sus existencias a ellos pertenecerán,
la vida a la vida, el Único será el origen,
jamás su trono reclamará."

 

    Las gemas parecían, en verdad, demasiado perfectas para ser meros productos de torpes manos humanas. Adrian recordó haber visto una vez algo similar en apariencia: Estas gemas estaban ligadas a las creaciones del Orden.

    Adrian no era hijo de la Forja, pero había vivido en el Salón toda su vida. Conocía tan bien las viejas historias de batallas entre Orden y Caos como sus propias cicatrices y quemaduras en las manos. La Forja, el establo y el salón circundante eran sin duda productos del Caos. La Forja era el lugar en el cual se desechaba el acero, un lugar para ser reciclado y para ser convertido en algo totalmente distinto. La Forja era un altar dedicado al nacimiento, muerte y reencarnación del acero. Los establos y el salón podían reformarse de la misma manera. Adrian sabía el significado de ser producto del Caos; en constante alteración, pero en cierto y extraño sentido, siempre igual, siempre listo para cambiar y adaptarse, reticente de la inercia. También sabía que ser un producto del Orden significaba ser controlado, ser parte de un esquema, dejarse utilizar para alguna función, sabiendo que lo más valioso era siempre para lo que podía servir y quién se era. El poder del Orden era gigantesco, pero no más que el de una espada de cristal. Inmensamente poderoso, capaz de atravesar con su hoja transparente la armadura más fuerte, pero, luego de la estocada, vulnerable y débil ante cualquier cambio de las circunstancias. El Orden era eso, fuerte pero frágil. Adrian sabía que, para sobrevivir, un mundo necesitaba de ambos poderes; la elasticidad del Caos y la fuerza del Orden. A sus ojos, su creación empujaba la balanza hacia el lado del Orden. Lo sabía, y debía hacer algo al respecto.

    Se puso de pie, tomó una de las gemas y la estudió cautelosamente, como un gato lo haría con el hoyo de un ratón. Advirtió que se trataba de una combinación de todos los elementos inherentes al Orden. Las facetas, todas ellas idénticas pero diferentes, la aleación de Mithril, cubriéndola y convirtiéndose en la superficie de la gema, y las inscripciones rúnicas; en primera instancia, sólo dibujos en las facetas de la misma, pero luego de un detallado análisis, anatema para todos los seguidores del Caos y la Entropía. La gema era demasiado perfecta para posibles reformas o un cambio de su estructura del Orden al Caos o incluso al Balance. Adrian tomó el punzón más filoso de su cinturón de herramientas; si las gemas no podían ser reconvertidas, al menos debían ser destruidas antes que su abyecta influencia fuese desatada.

    Una aguijoneante nota tronó los oídos de Adrian, una nota aguda elevándose al tiempo que la gema vibraba y se calentaba en su mano. La nota alcanzó términos de dolor en su agudeza y volumen, y la gema alcanzó una tremenda temperatura. Alrededor de la Forja los caballos relincharon de terror, las gemas comenzaron a resonar al unísono invadiendo y dispersando sus incontenibles notas en una distancia cada vez mayor, creciendo en su locura. Adrian cayó al piso, perdiendo su conciencia al mismo ritmo. Su última visión fue la de una dorada línea brotando de cada una de las gemas, inundando sus ojos al igual que el sonido lo hacía con sus oídos.

    Al despertar, la forja estaba oscura, el fuego del horno extinguido hacía mucho tiempo ya. Alzó sus manos hacia sus aún confundidas y destrozadas orejas. Un hilo de sangre corrió entre sus dedos. Se puso de pie, su cabeza latiendo y buscando a tientas una antorcha de su caja de herramientas en la mesa, encendiéndola e iluminando la negrura desde un anaquel en la pared. Extrañas figuras danzantes de luz y sombras se proyectaban bajo la luz mortecina. Adrian no se sorprendió al descubrir que las gemas habían desaparecido. Había completado la creación de artefactos de un mágico e incontenible poder, ahora fuera de su control. Pero sin embargo… La debilidad mayor del Orden era su dependencia por los patrones. Las cosas deberían alinearse para obtener su máximo poder. Aunque las gemas que él mismo había tallado eran un ejemplo de esto, siete grupos de siete, conformando cuarenta y nueve gemas, los patrones podrían ser rotos, dañados o alterados. Si bien Adrian por su propia cuenta no podría destruir esos patrones, o recuperar el control sobre las gemas, podía sí usar las habilidades que el Orden había opuesto a él a favor del Caos.

    Adrian tomó su punzón una vez más y localizó un descartado trozo de ámbar; la sangre de sus manos brilló refulgente sobre su superficie. La última gema sería su obra maestra.

 

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